Palabras inaugurales
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Carl A. Anderson, Caballero Supremo
Caballeros de Colón
Sus Excelencias, Mons. Chávez, hermanos Caballeros, señoras y señores, compañeros Guadalupanos, es para mí un honor unirme a ustedes para esta importante reunión sobre la historia, el significado y el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe. Su presencia aquí hoy es testimonio del poder del mensaje de amor que Nuestra Señora trajo a este hemisferio hace casi 500 años. Probablemente todos saben que este festival es la conclusión del Primer Congreso Mariano sobre Nuestra Señora de Guadalupe. Quizás sepan también que Mons. Chávez y yo hemos escrito hace poco un libro sobre Nuestra Señora de Guadalupe. Pero lo que puede que no sepan es lo importante que es Nuestra Señora de Guadalupe para mí personalmente.
Tengo el privilegio de servir como cabeza de la organización de servicio familiar católica más grande del mundo, Caballeros de Colón, y el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe es esencial para nuestra misión. Ella ha sido esencial para la labor de Caballeros de Colón durante más de un siglo. En 1905, nuestro primer consejo establecido en México fue el Consejo Guadalupe 1050. Cuando 45 obispos norteamericanos encabezados por el Arzobispo Cantwell de Los Ángeles visitaron la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México en 1941, los Caballeros de Colón proporcionaron la guardia de honor.
Fue ese evento el que impulsó al Arzobispo Luis María Martínez a enviar a la Arquidiócesis de Los Ángeles la reliquia de la tilma de San Juan Diego que tenemos ahora aquí, prestada por la Catedral Our Lady of Angels, gracias a la generosidad del Cardenal Roger Mahony.
Considerando la larga historia de Caballeros con Nuestra Señora de Guadalupe, mi propia devoción hacia ella y su papel esencial en la fe católica de este hemisferio, me pareció una decisión obvia encomendar mi mandato a Nuestra Señora de Guadalupe a los pies de su imagen en la Ciudad de México. Yo entonces ya creía, como sigo creyendo, que en el histórico acontecimiento de Nuestra Señora de Guadalupe encontramos los planos de nuestra propia labor en la nueva evangelización.
Nuestra Señora de Guadalupe es la Emperatriz de las Américas. Nos llama a la unidad con el mensaje evangélico de su Hijo.
Recordando nuestro importante principio de unidad, Caballeros de Colón ha estado trabajando para unir a la gente de fe de todo nuestro hemisferio, desde 1882 en Estados Unidos, desde 1897 en Canadá, desde 1905 en México y desde 1909 en Cuba. Como organización enteramente americana, en el sentido más amplio, Caballeros de Colón ha buscado fortalecer la fe de todos los que viven en el Continente Americano.
Será el Rosario, una plegaria a Nuestra Señora, el que rezaremos juntos esta tarde, y es la piedra angular de nuestra oración como Caballeros de Colón. Cada nuevo miembro de Caballeros recibe un rosario y se le anima a que rece el Rosario con su familia. Todos los que estamos reunidos aquí hoy en día somos hijos de Nuestra Señora de Guadalupe, y debemos ver este rato juntos como una reunión con nuestra familia espiritual, donde aprendemos sobre la madre que todos compartimos.
En nuestro Congreso en días pasados, escuchamos a algunos de los expertos más eruditos y respetados sobre la historia, la ciencia y el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe. Esta tarde, aprenderemos todavía más sobre la Virgen de Guadalupe con el hombre que dirigió el proceso de santificación de San Juan Diego. Escucharemos sobre el contexto histórico de la aparición de Nuestra Señora a San Diego en 1531 y sobre el significado del hermoso códice de su vestido. Y aquellos de ustedes que también asistieron al Congreso, también se enteraron de los secretos que revelan sus ojos, sobre su poder de cautivar a cinco siglos de artistas.
Pero nada de lo que aprendamos, ninguna de estas palabra tendrá significado a menos que captemos el mensaje con el corazón. Debemos ver el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, no como algo distante, sino como una realidad presente en nuestra vida, una realidad que puede transformar nuestra vida.
El Papa Juan Pablo II nos dijo que el futuro de la humanidad pasa por la familia. La Iglesia sigue enseñando que “la familia es la piedra angular de la sociedad”. Como hijos e hijas de Nuestra Señora de Guadalupe, toca a cada uno de nosotros asegurarse de que esta piedra angular inculque valores de los que nos podamos sentir orgullosos. La familia es donde nuestros hijos aprenden lo que es la vida. La familia es donde la siguiente generación recibe las herramientas para una vida de virtud católica.
Y en ningún sitio es más importante el futuro de la familia que en nuestro hemisferio. Porque – en gran parte gracias a Nuestra Señora de Guadalupe – vivimos en un continente de cristianos bautizados, un lugar de gran esperanza para el futuro de nuestra Iglesia. Vivimos en un continente que ha sido especialmente bendecido por la Madre de Dios. Hace casi 500 años, María se le apareció a Juan Diego en México.
Allí comenzó la mayor conversión al catolicismo de la historia. En una época en que la Iglesia perdía millones de fieles en Europa, María y su imagen en la tilma de Juan Diego llamaron a miles a convertirse en el Continente Americano.
Sobre Nuestra Señora de Guadalupe, dijo el Papa Benedicto XIV: “A ninguna otra nación se ha hecho tal milagro.” En la época en que lo dijo, esa nación se extendía – como lo han observado muchos – desde Seattle hasta la punta sur de Argentina. Así que el Papa Pío XII proclamó a Nuestra Señora de Guadalupe “Emperatriz de las Américas”.
Así que el milagro fue para toda la gente de nuestro hemisferio.
Todos nosotros somos ciudadanos de un hemisferio cristiano.
Mientras que algunos continentes nunca han sido cristianos, y mientras que muchas iglesias en Europa están casi vacías, las nuestras siguen llenas. Aquí la iglesia tiene un futuro brillante. Ningún lugar del mundo tiene tantos católicos practicantes como el Continente Americano. A nosotros nos toca – en nuestra vida, nuestro hogar y nuestra familia – poner en práctica nuestra fe.
Nuestro continente está unido por una historia común. A nivel histórico, todos los países – hasta cierto punto – son naciones de inmigrantes y de indígenas americanos. A nivel espiritual, todos estos países comparten una herencia común de cristianismo y bautismo. Y a nivel personal, todas las personas de este continente tienen la misma madre: Nuestra Señora de Guadalupe.
Desde Canadá hasta Argentina, todos los que vivimos en el Continente Americano somos llamados, como Juan Diego, a colmar la brecha que divide nuestras culturas. Somos llamados a enseñar este mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, como madre de la civilización del amor.
¡Recuérdenlo! Lo que nos une como familia cristiana, como hijos de una madre que nos ha cuidado durante casi 500 años, es más que todo lo que nos divide. Y los que vivimos en el Continente Americano tenemos un pasado común, y también un futuro común: un futuro de unidad en la fe.
El Rosario – que rezaremos hoy – y nuestro amor por Nuestra Señora, en especial bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, son nuestro vínculo común en el hemisferio católico. Por esta razón rezaremos hoy el Rosario en varios idiomas. Porque María es la madre de todos nosotros, sin importar cuál sea nuestro origen ni la lengua que hablemos.
Si miramos a nuestro alrededor en esta área, resulta claro que Phoenix es un microcosmos del futuro de nuestro país. Aquí tenemos a un grupo cosmopolita, de orígenes muy diversos, que habla muchas lenguas, pero con un vínculo común de fe.
Creo que resulta extraordinario – incluso providencial – que nos hayamos reunido hoy para este evento en Phoenix. Los primeros padres cristianos Tertuliano y Clemente de Alejandría veían en el mítico fénix – un ave que era consumida por el fuego y renacía cada 500 años – como un signo de resurrección. Y desde entonces muchos artistas cristianos y autores espirituales han hecho esa relación.
Pero el fénix puede tener un mensaje igualmente importante aquí hoy. Muchos han señalado – no siempre con gran tino – que en 1531, el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe – al igual que esa ave mítica – trajo una renovación de fe y un renacimiento a partir de las ruinas del imperio azteca. Pero el hecho es que llevó a un pueblo desesperado a una nueva vida en su Hijo.
Casi 500 años más tarde, enfrentamos una situación no muy diferente de la del siglo XVI. Se ha desplomado la asistencia a Misa en las iglesias de toda Europa. Muchas personas de otros continentes no conocen para nada a Cristo. Sin embargo, en medio de todo, estamos juntos, en un continente con un legado cristiano común.
Debemos alzar el vuelo, como el fénix, para difundir el Evangelio de Amor de Jesucristo. El Evangelio que nos trajo con tanto cariño la madre de Cristo, la Virgen de Guadalupe. ¿Y cómo podemos llegar a tener la capacidad de hacerlo? Estrechando a nuestro prójimo en caridad y fe. Dando testimonio a todos con nuestro modo de vida, colaborando más de cerca con nuestros sacerdotes y obispos. Viviendo comprometidos con la caridad, el amor y la construcción de una civilización del amor con nuestro testimonio público. Recordemos el ejemplo de Juan Diego, que era un laico, pero que –colaborando de cerca con el obispo – trajo la luz de Cristo y de su madre a todo un hemisferio.
Como laico, Juan Diego es un modelo a seguir para los Caballeros de Colón. Como laico, debe ser un modelo para todos nosotros, ya que el laicado tiene un papel muy importante en la revitalización de la Iglesia.
Hace unos meses, el Papa Benedicto dijo: “En cuando a los laicos, ya no deben verse como ‘colaboradores’ del clero, sino reconocerse realmente como ‘corresponsables’ de la existencia y actuación de la Iglesia, promoviendo así la consolidación de un laicado maduro y comprometido.”
Y en ningún sitio es el laicado tan fuerte como en este hemisferio.
En nuestra nación – que no es la más católica de América, ni mucho menos – uno de cuatro norteamericanos es católico. Cada domingo, las bancas se llenan con un número cada vez mayor de católicos hispanos. Los hispanos en la Iglesia no son una abstracción, son nuestros hermanos Caballeros, nuestros compañeros Caballeros de Colón, y lo han sido desde 1905, cuando establecimos nuestro primer consejo, el Consejo Guadalupe 1050, en la Ciudad de México.
Podríamos pensar en los hispanos en la Iglesia en términos del fénix mítico, Casi 500 años después de la transformación de este hemisferio por Nuestra Señora de Guadalupe, nuestros hermanos y hermanas hispanos representan el renacimiento del catolicismo en Estados Unidos. Desde 1960, el 71% del crecimiento de la Iglesia Católica en Estados Unidos ha sido hispano. Los hispanos componen ahora más del 35% de todos los católicos del país, y este número sigue creciendo. Hoy en día, cinco siglos después de que Nuestra Señora de Guadalupe se apareció a Juan Diego y trajo una nueva vida espiritual a las ruinas de un devastado imperio, los hispanos han retomado su imagen y su mensaje y han infundido una nueva vida a la Iglesia de Estados Unidos.
Nuestra Señora de Guadalupe nos lleva a su Hijo, y también nos lleva a la unidad en su Hijo, unidad, que para los católicos debe trascender fronteras.
El Papa Benedicto XVI dijo en su primera encíclica, Deus Caritas Est “decir que amamos a Dios se convierte en mentira cuando nos cerramos a nuestro prójimo o lo odiamos.” Esto debe incluir a todos. Debe incluir al inmigrante. Debe incluir al nonato. Debe incluir al que tiene una discapacidad intelectual.
Nuestra Señora de Guadalupe se apareció a Juan Diego – un humilde indígena. Ella apareció como mestiza – una unión de culturas europeas e indígenas. También se le apareció embarazada, de su hijo. Siguiendo su ejemplo, debemos acoger al inmigrante, dándonos cuenta de que tiene una dignidad inherente como persona, y que – en especial aquí en el suroeste – a menudo tenemos un vínculo trascendental con él: el de la fe.
Sigamos el ejemplo de la Virgen de Guadalupe embarazada y abracemos la causa de los nonatos, dándonos cuenta de que toda vida es preciosa a los ojos de Dios, y que es nuestro deber ayudar a una madre necesitada, por medio de nuestro amor y caridad, a elegir la belleza de la vida para su hijo. Siguiendo el ejemplo de Nuestra Señora de Guadalupe, debemos acoger a los marginados, a los que se encuentran en el mayor riesgo, a los más desdeñados, y debemos ayudarlos a ver que tienen un Dios, y una madre que se preocupa por ellos.
Nuestra Señora de Guadalupe trajo un mensaje para los más poderosos y los más humildes. Su mensaje era para los ancianos, como el tío de Juan Diego, Juan Bernardino, y para los que aún no han nacido. Era para el español y el indio. En pocas palabras, era para todos. Y éste es el hemisferio católico, por lo tanto es también el hemisferio de María, bajo la protección de Nuestra Señora de Guadalupe.
En español se habla de “dar a luz”. Y ésa es en verdad la historia de nuestro hemisferio. Nuestra Señora de Guadalupe dio a luz al catolicismo en nuestro hemisferio, y trajo a la gente de esta tierra a la Luz de su Hijo. Roguemos para que dé a luz a una nueva unidad entre toda su gente.
Unidos por nuestra madre común, recordemos las palabras de Nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI: “Que el Espíritu Santo os haga creativos en la caridad, perseverantes en los compromisos que asumís y audaces en vuestras iniciativas, contribuyendo así a la edificación de la “civilización del amor”.
El Papa Juan Pablo II escribió alguna vez: “Nada puede sustituir el corazón de una madre siempre presente y esperando en su hogar.” Los que vivimos en este gran continente debemos saber ahora que compartimos un hogar común. Los que somos católicos sabemos también que compartimos una misma madre cuyo corazón está siempre presente y esperándonos.
Unamos nuestros corazones junto con el suyo para construir un hogar común para todos, una verdadera civilización del amor. Y empecemos hoy. Recordemos que, si cada católico de este hemisferio viviera su vida con base en el amor de Dios y su prójimo, seríamos millones, y estos millones constituirían una civilización.
Humildemente pedimos la intercesión de Santa María de Guadalupe para todos los que vivimos en este Continente de la Esperanza y el Amor.
¡Viva Santa María de Guadalupe!
El evento guadalupano
El evento guadalupano es el encuentro entre Dios y el Hombre a través de Su propia Madre, Santa María de Guadalupe, quien del 9 al 12 de diciembre de 1531 se le apareció al humilde indígena Juan Diego Cuauthtlatoatzin, a quien Ella entregó su Mensaje y su Imagen, llenos de amor para la Iglesia Católica y, de Ella, para el mundo entero. Como dijo el Papa Juan Pablo II, es el gran ejemplo de la perfecta evangelización del pueblo.
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